Reflexion Dominical

XXXIII DE LA CONSERVACIÓN A LA INNOVACIÓN    19 Nov 2017

“Dejemos el desierto de nuestra vida y hagamos de él un jardín”

Las tres lecturas son un canto al trabajo, a la actividad, a aprovechar el tiempo, porque nunca sabemos cuándo se nos acaba. No es superfluo mirar hacia adelante. No es de "alienados" el pensar en lo que nos espera al final del camino. Es ir encontrando la verdadera sabiduría como un estudiante piensa en el final del curso y sus exámenes ya desde octubre. Como es sabiduría para un deportista ir acumulando puntos desde el principio de la competición.

 

  1. TRANSFORMAR EL DESIERTO

Se puede echar en cara al pueblo judío el que después de tantos siglos de ser el pueblo elegido de Dios no supieran dar los frutos. Pero nosotros también somos amonestados por la Palabra de Dios hoy. Porque todos tenemos talentos a administrar. Se trata de revisar que nos ha pasado con lo que hemos recibido de Dios, que hemos hecho con la administración de la vida que nuestro Padre del cielo nos ha regalado, por eso tratemos de pensar en cómo debemos de cambiar la historia, pensar como ser capaces de cambiar lo que tenemos enfrente de nuestra vida, porque todo puede ser posible. Te invito a pensar en la siguiente historia del pueblo de Israel.

Imagine una vasta expansión de arena y rocas, una tierra desolada desde la prehistoria. Aquí en el sitio cuyo nivel es el más bajo de todo el mundo, (¡más bajo que el mar mismo!) donde el sol brilla en promedio 355 días del año y por lo menos si se tiene suerte caerá una pulgada de lluvia, y donde las temperaturas diarias pueden llegar a 48 °c se ubica el desierto del Neguev, que comprende dos terceras partes de todo el territorio de Israel. Y aquí es donde Kalman Eisenmann vive tranquilamente sus días, cultivando tomates, pimientos y melones. -Llámame “chaman” y no agricultor dice el señor Eisenmann, un miembro pionero del asentamiento Ne-ot Hakikar en el Mar Muerto. Con una sonrisa admirable, señala las arenas monótonas del desierto sobre las tierras de Ne-ot Hakikar y donde podemos ver una cosecha milagrosa. Y de veras que parecen ser milagrosos los terrenos llenos de vegetales coloridos, madurados al calor del sol. Aún más sorprendente es la cosecha generada por medio de una ingeniería de riego con agua salada mezclada con agua dulce de los acuíferos subterráneos del Neguev. Eisenmann llama a esto “la divinidad de la ciencia moderna”.

La dramática transformación del desierto en áreas verdes con aguas salobregas es un milagro tecnológico y biológico. Representa una revolución en el sistema del manejo de la tierra y los recursos del agua en ambientes desérticos. Y aunque alguna vez el desierto del Neguev fue declarado inhabitable al día de hoy (1987 n.t.) es el hogar de aproximadamente 445,000 judíos y 55 mil beduinos que componen aproximadamente 250 asentamientos dedicados a la agricultura.

El agua que se riega en el desierto del Neguev tienen 20 veces más sal que el agua potable. La desalinización es muy cara así que hemos desarrollado variedades de planta que absorben agua, pero no sal; dice Menachem Perlmutter, el arquitecto de los asentamientos del Neguev.  -Pero, agrega, -nos tomó seis años de tormentas de arena y malas cosechas antes que pudiéramos balancear la biodinámica del agua, nutrientes, sal y sol.

En el Centro Experimental de Agricultura Rama HaNeguev , bajo un brillante cielo azul, Haim Zaban, un experto israelí en agua salada y una de las autoridades mundiales en agronomía nos muestra sus “plantas del desierto”. Moviendo un manojo de espárragos dice: “se ve bien y tienen muy buen sabor. Además, si éstos no fueran deliciosos a nadie le importaría como lucen”.

Al escuchar esta historia de la transformación del desierto, tratemos de aplicarla a la vida en general de nuestros pueblos, familias y sobretodo de manera personal para que nos demos cuenta que si podemos cambiar, que si podemos dejar la esterilidad de ambientes o incluso de nuestra misma vida personal para que se convierta en un huerto porque eso es lo que Cristo nos está pidiendo.

 

  1. DIOS QUIERE QUE TRABAJEMOS LOS QUE NOS PRESTO

Nos podemos preguntar ¿en verdad estoy dando rendimiento a las cualidades que tengo? Hay mucho que hacer en la sociedad, en la Iglesia: ¿aporto yo mi colaboración, o bien me inhibo, dejando que los demás trabajen? No importa si son diez o dos talentos: ¿los estoy trabajando, o me he refugiado en la pereza y la satisfacción?

 

El siervo que devuelve a su señor lo mismo que recibió es condenado por negligente y holgazán. Sabía de antemano que a su amo no le gustaría, pero pensó salvar la situación sin trabajar ni arriesgarse ni meterse en líos. Hasta pensó que no hacía nada malo. Al fin y al cabo, no se había gastado el dinero en ninguna juerga particular. Ni siquiera llevó el dinero al banco, con lo cual se perdió una apreciable cantidad de dinero en concepto de intereses. Su postura, que él consideraba simplemente conservadora, era en la práctica ruinosa. ¿Fue mayor su pereza o su miedo? ¿Obró con prudencia?  Es habitual en algunos ambientes de Iglesia entender la prudencia en el sentido exclusivo de "lo que no hay que hacer". Se recalca que "es mejor no pasarse"

 

Esta tentación de conservadurismo es más fuerte en tiempos de crisis religiosa. Es fácil entonces invocar la necesidad de controlar la ortodoxia, reforzar la disciplina y la normativa, asegurar la pertenencia a la Iglesia. Puede ser más cómodo "repetir" de manera monótona los caminos heredados del pasado, ignorando los interrogantes, las contradicciones y los planteamientos del hombre moderno, pero ¿de qué sirve todo ello si no somos capaces de transmitir luz y esperanza a los problemas y sufrimientos que sacuden a los hombres y mujeres de nuestros días?

 

la parábola de los talentos encierra una carga explosiva. Es sorprendente ver que el tercer criado es condenado sin haber cometido ninguna acción mala. Su único error consiste en no hacer nada: no arriesga su talento, no lo hace fructificar, lo conserva intacto en un lugar seguro. El mensaje de Jesús es claro. No al conservadurismo, sí a la creatividad. No a una vida estéril, sí a la respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir caminos al reino de Dios.

 

El gran pecado de los seguidores de Jesús puede ser siempre el no arriesgarnos a seguirlo de manera creativa, cuando nosotros muchas de las veces lo único que estamos pensando es conservar la tradición; conservar las buenas costumbres; conservar la gracia; conservar la vocación. Nuestro peligro puede ser que el miedo nos detenga para que nos intentemos nada diferente o que también critiquemos e impidamos a quien se atreve a incursionar en otro ambiente y otras posturas que nosotros no nos animamos, por eso estemos atentos para que no nos inclinemos por la conservación sino por la acción.

 

  1. PONGAMOS MANOS A LA OBRA

Las actitudes que hemos de cuidar hoy en el interior de la Iglesia no se llaman "prudencia", "fidelidad al pasado", "resignación"... Llevan más bien otro nombre: "búsqueda creativa", "audacia", "capacidad de riesgo", "escucha del Espíritu", que todo lo hace nuevo.

 

Lo más grave puede ser que, lo mismo que el tercer criado de la parábola, también nosotros creamos que estamos respondiendo fielmente a Dios con nuestra actitud conservadora, cuando en realidad estamos defraudando sus expectativas. El principal quehacer de la Iglesia hoy no puede ser conservar el pasado, sin o aprender a comunicar la Buena Noticia de Jesús en una sociedad sacudida por cambios socioculturales sin precedentes.

 

UNA FRASE: ““Los cuentos de hadas son bien ciertos, pero no porque nos digan que los dragones existen sino porque nos dicen que podemos vencerlos.”  Chesterton